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4/14/2005

Tierras vascas, abuelo

Te escribo estas líneas en castellano, abuelo, por un cúmulo de extrañas y hermosas sensaciones, que me están trayendo a la mente una unión de circunstancias y sucesos, en sí nada bonitos. Cuando hace pocos días supe que había un partido llamado Partido Comunista de las Tierras Vascas, que se prestaba a dar voz a los sin voz, me acordé de ti. Me acordé, simplemente por lo que me sugería ese nombre. Me acordé de ti abuelo, porque, las cabriolas del destino y el esperpéntico y cruel correquetepillo en que nos tiene sumidos a unos cuantos todo un Estado, nos ha llevado hasta un pequeño partido llamado Partido Comunista de las Tierras Vascas. Un pequeño partido que me recuerda a ti y que enlaza y da coherencia, sin saberlo él, a toda una historia de una familia, la nuestra.

Una familia que llegó a estas tierras vascas, como tantas otras, escapando de la miseria y de la persecución franquista. Una familia no de emigrantes, sino de desterrados. Una familia señalada por los fascistas, una familia de perdedores de la guerra civil española, perseguidos y apaleados por ser comunistas, privados de voto y voz, de derechos básicos. Cómo son las cosas, igual que te pasó a ti, abuelo, ahora nos ocurre a tus nietos. Moriste cuando yo tenía 15 años, apenas los suficientes para saber de ti y de tu vida. Sólo conocí al abuelo, no supe de ese joven que se alistó en las tropas republicanas para hacer frente al alzamiento fascista. Ese joven leñador, cuidador de cerdos, pajarero... humilde hombre del campo y de la sierra del Segura, que luchó por vivir con dignidad y murió con ella intacta. Gente humilde y comprometida con su tierra. Tú, abuelo, que luchaste en el frente extremeño donde conociste a la abuela que trabajaba de costurera para las tropas del Frente Popular. Tú que aun sabiendo que los fascistas te esperaban y te detendrían, volviste a tu pueblo al funeral de tu madre, porque era tu madre y era su funeral, por muchos fascistas que hubiera. De allí te llevarían a la cárcel donde pasaste nueve largos años, que no quebraron tu espíritu de hombre libre. Y cómo son las cosas abuelo, que lo mismo podían haber hecho con tu hijo el día en que te enterramos a ti. Tras cumplir condena, el hambre de los más pobres y la represión de los más ricos te obligaron a salir con toda la familia hacia tierras desconocidas, lejanas, tierras vascas, en busca de una vida digna. No era una familia de emigrantes, que es como se les dice a los que se van de su tierra en contra de su voluntad, obligados por las circunstancias, dejando atrás todo aquello que aman. La palabra adecuada es desterrados, como diría Bertold Brecht.

Fue más tarde cuando tus mismos valores, la misma línea invisible, el mismo hilo de conciencia que atravesó la península en tren, llevaron a tu hijo a luchar por esos mismos ideales de libertad y dignidad, esa lucha que igual que a ti, le llevó a dar con sus huesos en la cár- cel. Qué cruel es comprobar de padre a hijo que la lucha por la dignidad, que enfrentarse de cara, hace que, después de tanto tiempo, la represión toque la puerta de la misma casa. Pero qué hermoso es comprobar que estamos en el sitio adecuado, y al mismo tiempo, qué bello es pensar que es la misma trayectoria que vosotros empezasteis hace 70 años en Albacete, en Extremadura, la que nos ha llevado a todos tus nietos a ser euskaldunes y de izquierdas, de lengua y de corazón. Es emocionante pensar que todo tiene una coherencia y un porqué, que la historia te enseña que estás en el sitio adecuado, fiel a unos valores y principios que son universales y atemporales. Es hermoso sentir, abuelo, que son esos mismos valores tuyos, germinados en la selva albaceteña, los que han llevado a toda nuestra familia a permanecer en el mismo sitio que tú estabas, ahora en tierras vascas. La misma conciencia que siempre nos ha mantenido con la dignidad del apaleado, de los sin voz, de los explotados y de los olvidados. Porque son miles los emigrantes-desterrados que llegaron de otras tierras que encontraron su espacio vital en ser de izquierdas y euskaldun. Los que en esta lucha encontraron un lugar en el mundo, un espacio vital donde ser coherentes con ellos mismos y la nueva tierra que les daba de comer.

Esta lucha fue casi el único puente de integración verdadera a esta cultura, para muchos comunistas y socialistas llegados de otras tierras. Nuestros abuelos y nuestros padres no eligieron seguir por el camino más difícil por casualidad. Aquellos que recién llegados de otros lugares apostaron en su día por mandar sus hijos a aquellas ikastolas de entonces. Apuesta que muchos que se creen más vascos que nadie, con label y pedigrí, nunca hicieron. Fueron miles de belarrimotxas, hezurbeltzas, maketos, que gracias a una conciencia hereditaria socialista, comunista, libertaria, hace 30 años, entendieron enseguida que era la misma mano que les ahoga allí, la que ahogaba a este pueblo y su cultura. Por ello decidieron amarlo, conocerlo, sentirlo y defenderlo. Por respeto. Porque ellos, o sus padres, sabían lo que era estar oprimidos y negados de identidad en León, Albacete, Extremadura, Galicia, Zamora o Andalucía. Gracias a ellos, y a algunas cosas más, esa dignidad se mantiene viva hoy en nosotros, abuelo. La dignidad del más humilde, la del pajarero, la del cuidador de cerdos, la del leñador sumido en la miseria que se levanta ante el poder establecido. La del parado, la del torturado y preso republicano. Somos los hijos de los que perdieron la guerra civil, cantaba Evaristo. Y es así, pero también somos los afortunados herederos de toda una lucha por la dignidad del ser humano. Es ahora cuando uno se va dando cuenta de que lo de menos es el nombre de tu voto, que lo de menos es el nombre de la tierra donde naces. Es todo un pasado junto a los avatares de la vida, la que nos ha traído a este presente, otra vez, abuelo, en el bando de los sin voz, en un pequeño partido llamado comunista y de las tierras vascas. ¡Me recuerda tanto a ti! Es ahora cuando uno se da cuenta de que la historia se repite en distinto lugar y con distintos nombres, que los que encarcelaron al padre encarcelan al hijo. Es una sensación extraña esta, sentir que tu misma conciencia, defender los mismos valores que tú defendiste, nos ha convertido ahora a tus nietos, otra vez, en ciudadanos sin derecho a voto y a tu hijo, otra vez, preso político. Uno ahora se da cuenta, sin buscarlo, de que las historias familiares tienen una coherencia, y que no puede ser que seamos nosotros los equivocados cuando son ellos los que van cambiando de dictaduras a democracias, de campos de concentración a cárceles de exterminio, de falangistas a demócrata cristianos... y siguen empeñados en hacernos la vida imposible a los mismos de siempre, llamémonos comunistas albaceteños, socialistas de León, izquierda abertzale o sea cual sea el nombre.

Y es ahora cuando este voto rebosa toda la dignidad heredada. Otros también tendrán su dignidad, pero no es la misma. No es la tuya. No nos identificamos en ellos. Ha tenido que ser un pequeño partido llamado Partido Comunista de las Tierras Vascas el que recoge tu voto en herencia. Un voto que ha recorrido tres generaciones y media península para volver al sitio donde empezó todo: A la lucha por el respeto a las personas y los pueblos, a poder vivir en paz siendo lo que uno siente que es. Sé que es este un discurso sentimental basado en el simbolismo de un nombre. Pero tenía que decirlo porque, si no, reviento. Va por ti, abuelo, en tierras vascas.

Jon Maia

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